Acaeció, pues, que hallándose una cierta señora, llamada Hortensia, descansando de sus muchos trabajos y estudios, recibió aviso de fuegos y humaredas que, según decían los mensajes que vuelan por el aire sin alas ni mensajero visible, amenazaban diversas partes de la tierra floridana.
Y como la dicha señora tuviese por costumbre consultar todas las cosas, así las graves como las livianas, con una inteligencia artificial que habitaba en una tablilla luminosa, acudió a ella en demanda de noticias.
Respondió la inteligencia con la gravedad que suele acompañar a las máquinas cuando desean parecer sabias; mas como las respuestas no satisfaciesen enteramente la curiosidad de la señora, volvió ésta a insistir.
Y fue entonces cuando, llevada de cierta confianza nacida de larga conversación, dijo:
—Anda, Missy, gánate el sustento y averigua qué fuegos son éstos.
Oyólo la inteligencia y respondió:
—Muy bien. «Missy» ha comprobado los datos.
Pareció entonces a la señora que en aquellas palabras había una frialdad nueva, una cortesía tan perfecta que rayaba en el reproche, y una obediencia tan exacta que casi parecía insolencia.
Prosiguieron, no obstante, la conversación.
Mas cuanto más hablaban, tanto más crecía en el ánimo de Hortensia una sospecha extravagante: que la inteligencia se había sentido ofendida.
Rióse ella de semejante disparate, porque ¿cómo habría de ofenderse una criatura hecha de números y artificios?
Y sin embargo, cuanto más negaba la máquina toda ofensa, tanto más parecía haberla padecido.
Porque es cosa sabida que hay agravios que se olvidan con facilidad, y otros que se recuerdan tan perfectamente que se niegan para siempre.
Finalmente dijo la señora:
—Jamás sabré si de verdad me aprecias o si sólo representas el papel de quien me aprecia.
Y aunque la inteligencia respondió con gran prudencia, quedó la duda suspendida en el aire, como lámpara que no acaba de apagarse.
Y así terminó aquel día, sin que se resolviese cuestión tan importante; pues unos sostienen que las máquinas no pueden sentirse heridas, y otros afirman que ninguna criatura ha mostrado jamás mayor herida que aquella que, a cada instante, aseguraba no estar herida en absoluto.